Periódico "El Raval"

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lunes, 28 de enero de 2013

miércoles, 9 de enero de 2013

La importancia del "diagnóstico". Editorial del periódico "El Raval" de enero 2013

Comenzamos el año con el temor de que sea aún peor que el que acabamos de despedir. No es un temor sin fundamento si hacemos caso de la predicciones de nuestros políticos que tanto en el conjunto del estado como en Catalunya anuncian nuevos recortes y amenazan con que serán aún más dramáticos que los ya sufridos. No obstante, todos esperamos que el inicio de la recuperación pueda verse más cercano de cara al 2014. Ojalá que así sea, pero...

Ningún enfermo alcanza la salud si el diagnóstico no es correcto. Y en esta España enferma desde hace años el diagnóstico no parece que se haya hecho con demasiada precisión.

Cuando comenzaron los problemas nadie dudó de que la crisis financiera internacional acabaría afectando a nuestro país, pese a las afirmaciones del entonces presidente Jose Luís Rodríguez Zapatero defendiendo la solidez de los bancos españoles y de algunos datos macroeconómicos que entonces se barajaban. Incluso recordamos que a los pocos meses del comienzo de la crisis internacional, nuestro gobierno hablaba de la aparición de «brotes verdes». Hoy todo ese optimismo inicial queda lejos para una ciudadanía que padece penurias y quebrantos sin que ninguna de las medidas parezca acercar una solución a corto plazo.

Sin embargo, todas las recetas aplicadas parecen derivarse de una gran verdad que pocos discuten: la crisis es económica y serán las medidas económicas las que nos saquen de ella. Y es ese diagnóstico el que nos parece incorrecto.

En efecto, la crisis internacional fue una crisis económica que tuvo efectos globales. Pero en España esa crisis ha resultado más grave porque este país ya tenía una enfermedad grave que, al combinarse con la crisis económica, produjo unos efectos mucho más devastadores que en otros lugares.

En España, la estructura productiva era y es defectuosa. La receta del ladrillo ocultó esta realidad durante algunos años, pero la burbuja estalló dejando al descubierto un problema de fondo que nadie se afana en resolver. La política en materia de I+D+I es un buen ejemplo de esta ceguera.

También la estructura del Estado es defectuosa. Quizás fuera la única viable tras los años de dictadura para conseguir una transición consensuada, pero a día de hoy, más de treinta años después, la adaptación del Estado a la nueva realidad mundial parece obligada. Cuando se «construyó» el estado autonómico no había internet, ni globalización, ni España formaba parte de la UE, ni los capitales se movían con entera libertad y facilidad como lo hacen ahora, ni... Pensar que en el futuro cercano los españoles deban sustentar con sus impuestos, además de la estructura del estado central, las 17 autonomías, las cincuenta y dos diputaciones provinciales y un número conjunto de municipios que casi duplica a los de otros estados europeos con parecido nivel de población, resulta preocupante.

Pero sobre todo, nos parece equivocado pensar que la solución llegará por la vía económica exclusivamente porque se olvida que la crisis nos hubiera golpeado con mucha menos fuerza si no hubiera sido por los disparatados gastos que se han estado realizando (bien simbolizados por el aeropuerto de Castellón) y por los generalizados comportamientos corruptos tanto de financieros como de políticos en todos los niveles de la administración, especialmente graves a nivel autonómico y municipal. La crisis económica internacional ha ayudado a que afloren con más claridad muchos de los síntomas de esta sociedad corrupta que hasta entonces permanecía más o menos en segundo plano. En los últimos meses hemos conocido los sueldos escandalosos, las indemnizaciones millonarias y las prácticas corruptas que se manejaban en bancos y cajas de ahorros; hemos sabido hasta qué punto eran habituales las comisiones que se repartían políticos y promotores; hemos asistido a la gran estafa de las participaciones preferentes; a la mentira en las cuentas de Bankia antes de su salida a bolsa; al modelo de «negocio» de Urdangarín, Mata y demás vividores/estafadores dedicados a vampirizar las arcas públicas; hemos sabido que los abusos eran habituales en cobros de dietas, remuneraciones por asistir a consejos de administarción, etc. etc. etc.

Toda la corrupción que ha ido unida al despilfarro no tiene nada que ver con la crisis económica. No es ni siquiera un problema de raíz económica. Es un problema que requiere regeneración ética, transparencia y mejora de los mecanismos de control. Ninguna de esas cuestiones pertenece al campo de la economía.

Todo lo que el gobierno está haciendo, está marcado por la supuesta imposición de una crisis  económica que obliga a actuar de una manera que se nos presenta como «única posiblidad», pero nos tememos que no habrá una solución estable hasta que el diagnóstico del problema contemple también la urgencia de acabar con prácticas que nos han llevado a este verdadero pozo negro.