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lunes, 4 de agosto de 2014

"Pujol en el epicentro" Editorial del periódico "El Raval" del mes de agosto

La confesión de Jordi Pujol admitiendo que tenía dinero oculto desde hace treinta y cinco años ha sido la noticia terremoto de los últimos días. Inmediatamente después de saberse, todos los líderes políticos de Catalunya han salido a los medios de comunicación para hacer declaraciones uniéndose a los analistas de los medios de comunicación. «Sorpresa» es la palabra más utilizada en todas esas declaraciones. ¿Pero sorpresa por qué? ¿Sorprende que haya confesado o sorprende que Jordi Pujol tenga dinero oculto en paraísos fiscales?. Nadie ha aclarado a qué se refería exactamente cuando hablaban de «sorpresa».

Hace ya una década, Pasqual Maragall, en sede parlamentaria y siendo President de la Generalitat, dejó caer aquello de «su problema es el 3%» refiriéndose al cobro de comisiones ilegales por parte de CiU, pero ni entonces ni después nadie investigó esa acusación que, viniendo de quien venía, tenía que estar basada en indicios razonables. Por otro lado, existen mecanismos de control de las cuentas públicas tanto a nivel nacional como autonómico. Ninguna de esas instituciones encargadas de velar por la transparencia de las cuentas públicas ha detectado en todos estos años las irregularidades...o no han querido detectar.

Si repasamos la historia de estos más de treinta años en los que Pujol confiesa haber mantenido oculto tanto dinero, encontraremos otra fórmula repetida en relación a las sospechas de corrupción referidas a Pujol y a sus hijos (algunos con altos cargos en Convergencia y en las instituciones catalanas): «son ataques contra Catalunya». Era la forma de decir que las acusaciones no tenían fundamento y que tan solo respondían a campañas políticas interesadas.

Y la última de las fórmulas comúnmente utilizadas ha sido la de «Madrid nos roba». Un intento evidente de señalar que los problemas económicos de Catalunya se relacionaban con Madird y no con los dirigentes de la cúpula política catalana (recordamos que el mismo Artur Mas fue Conseller de Hacienda entre 1997 y 2001) que aparecían como los adalides de un pueblo expoliado que tratan de defender a sus conciudadanos de los abusos.

La confesión de Pujol cambia todo este escenario. Nadie cree que el dinero provenga, como dice el ex-presidente, de una herencia familiar. Ahora parece claro que lo del 3% expresado por Maragall era cierto e incluso corto. Ahora, las acusaciones hacia los hijos de Pujol parecen mucho más que un simple «ataque a Catalunya». Ahora, lo de «Madrid nos roba», suena más a excusa para tapar que aquí ha estado robando tanta gente como en cualquier otro lado. Y ahora no puede ignorarse que en estos treinta años las responsabilidades de quienes se han llevado a sus opacas cuentas en paraísos fiscales enormes cantidades de dinero público lo han hecho con la complicidad necesaria de las instituciones encargadas de velar por la limpieza y la transparencia. 

Por tanto, la confesión de Pujol aparece como el epicentro de un escándalo que, como las ondas de un terremoto, afecta a capas mucho más amplias que la propia familia Pujol. Aquí ha estado «mirando para otra parte» mucha más gente. Políticos, instituciones, jueces y fiscales, han tenido que tener conocimiento de lo que sucedía y han preferido mirar para otro lado. Y como sabemos desde que supimos el episodio del Lazarillo de Tormes y su amo ciego, si quien ve que el otro come dos uvas no dice nada, es porque él está comiendo otras dos, como mínimo. Así que la confesión de Pujol y lo que evidentemente esconde, salpica de sospecha a todo el sistema.

Llega agosto, como muy bien sabía Pujol al elegir el momento de su confesión, y después llega el periodo diseñado para enfervorizar de catalanismo a un pueblo que ve en la independencia una posible solución a sus problemas. Pero el caso Pujol y su onda expansiva no puede quedar en el olvido porque es demasiado grande, demasiado importante. Y lo es porque hace parecer que lo que se esconde detrás del nacionalismo no es el loable intento de liberación de un pueblo sino, sobre todo, una disputa entre oligarquías para ver quién se hace con los derechos de explotación de un territorio y una población, en este caso Catalunya y los catalanes. Debemos liberarnos de ellos.